Evoca la valentía de quienes rechazaron la idolatría y permanecieron leales, afirmando que Dios se manifiesta con poder cuando sus hijos sostienen su fe con convicción inquebrantable.
Duración
02:40
Tonalidad
No Aplica
Dificultad Vocal
Formato Vocal
Poesía Coral
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Colegio Gilberto Velázquez Norte
Joel Márquez
No Aplica
Piano: Ismir Muñoz
Ismir Muñoz
Verso I
Atardece en Babilonia,
la estatua yace erguida,
y les dan la bienvenida
con tremenda ceremonia.
Impaciente testimonia
el monarca del imperio,
y con el semblante serio,
pues su soberbia lo apura,
en la llanura de Dura
los llamó del cautiverio.
Verso II
Llegaron de todas partes
y el protocolo fue dado,
el rey les había ordenado
frente a musicales artes:
«Adoren mis estandartes
propios de mi propio ego,
si no, hasta el horno de fuego
los llevarán penitentes».
Fueron los desobedientes:
Sadrac, Mesac y Abed-Nego.
Verso III
— ¡Oh, rey, para siempre vives!
(Adularon los caldeos)
— Hay tres jóvenes hebreos
que están de pie, ¿los percibes?
— Ojalá que tú los prives
de su libertad, oh rey.
— Han traicionado tu ley,
y todas tus ordenanzas...
— A ver si sus esperanzas
siguen al Dios de su grey.
Verso IV
Mas Nabucodonosor
les insistió de inmediato:
«Obedezcan mi mandato
por completo y sin error».
Al sonido atronador
hagan reverencial gesto.
Pero, distintos al resto,
dijeron: «No la adoramos,
porque no necesitamos
responderte sobre esto».
Verso V
Oyendo música rara
frente a la estatua de oro,
el enojo más sonoro
podía verse en su cara.
El rey molesto declara
lo que había estipulado.
Ellos ya le han recalcado:
«El Dios en el cual creemos
nos da fuerza a que ignoraremos
la estatua que has levantado».
Verso VI
Nuestro Dios nos va a librar
del horno de fuego intenso...
Hubo un tremendo suspenso
que no puedo descifrar.
Se vio al horno calentar
siete veces y las voces
de los soldados feroces
se silenciaron ahí mismo.
— ¿Miro a cuatro? ¿Un espejismo?
¿Uno es hijo de los dioses?
Verso VII
Dijo el rey tan inquietante:
«Sadrac, Mesac y Abed-Nego,
salgan del horno de fuego,
les ordeno en este instante».
Fue un suceso impresionante
entre los miedos y honores.
— Y por los alrededores
de mi imperio, a viva voz:
¡Reconozco que su Dios
es el Señor de Señores!
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